¡El día que rechinaron los cerrojos!

 

No estoy seguro en que año llegó el enano a nuestro pueblo. Seguramente debe haber sido en uno de los tantos desfiles del general Procopio Coronel. Era éste un militar de formación tradicional. Para él, un capitán, un sargento o un simple soldado eran, y siempre lo serían, inferiores en jerarquía y por tanto debían comprender siempre esta medida, tan importante en la carrera de las armas.

Todos ellos más importantes que los civiles, salvo Luperco que no era militar incorporado y cuyo don principal era tocar el bombo. Lo hacía sonar tan fuerte que se oía a varias leguas de distancia. Acompañaba a Procopio en los desfiles, no por afecto a lo castrense ni dinero alguno, sino porque la madre del general le solicitó acompañara a su hijo dondequiera que éste fuera.

 –“¡Por las revueltas, sabe... con tanto sabandija suelto, capaz me lo matan, sin un amigo de la familia a su lado que me lo amortaje en una sábana limpia y me lo vele como Dios manda.!”

Por este motivo el enano andaba siempre con él, hasta que la manía del otro de criticarle todo lo que hacía, siempre en procura de aplicarle una férrea disciplina, lo decidió a afincarse en Yungay en forma definitiva. Procopio tuvo entonces que aceptar al enano tal como era.

 Luperco pudo realizar su sueño. Ser el más parrandero y enamoradizo de los mortales y el mejor gallero de la región. El general encontró en él un compañero insustituible, quien no se fijaba en su investidura para tratarlo como un igual, ni se andaba con rodeos para acompañarlo a lo que fuera.

Muchas veces en el fragor de una riña de gallos o en madrugadas de alcohol y mujeres, el general se abstraía en sus pensamientos, preguntándose porqué era tan tolerante con su socio de correrías y casi siempre se contestaba que lo soportaba por no contradecir los deseos de su querida madre, aunque nunca alcanzó a saberlo a ciencia cierta: “Yo, que le meto una bala dondequiera y a cualquier distancia a todo lo que se mueve, no le puedo meter en la cabeza a este enano sinvergüenza, la manera adecuada de tratarme”- decía para sus adentros. –“A pesar de su conducta licenciosa ha conquistado la confianza de casi todos los pobladores de Yungay, menos la de maridos o padres celosos.”- pensaba inmediatamente.

-“La primera vez que llegué al pueblo montado en mi mula barranquera, envuelto en una nube de polvo, en un desfile que deseaba fuera espectacular, nadie salió a recibirme. Aunque se sabía en todas partes, menos allí, que pronto sería el futuro presidente de la República.”-reflexionaba- “Luperco me salvó de quedar mal parado ante tan escasa concurrencia. Muy suelto de cuerpo desenfundó su propio palitroque y empezó a darle al bombo con tal desenfado que muchas damas sorprendidas por el bochinche, se asomaron para ver lo que sucedía. Por ese atentado al pudor fueron muchas las pedradas que recibió de algunos ofendidos vecinos. Como sólo golpeaba por el lado de la derecha, las mujeres que estaban en la acera opuesta se quedaron sin ver el espectáculo de aquel virtuosismo de la naturaleza, tan enhiesto y firme. Las agraciadas, que pudieron observar hasta el mínimo detalle de tan inusual espectáculo, con ojos desorbitados, corrieron a lavarse las partes pudendas con particular esmero para eliminar el sorpresivo picor que las invadió. Las más dispuestas, tal vez porque les importaba poco la opinión de los demás o no gozaran favores de hombre alguno, iban orinando en las huellas de las pisadas del enano, para tener la dicha de volver a ver, o aunque más no fuera echar una ojeadita, a ese instrumento tan grande y resistente.

Detrás del mujererío alborotado iban los hombres del pueblo afanosos de proteger su honor, tarea harto difícil pues todas ellas actuaban como si hubieran sido hipnotizadas por la forma impúdica y desenvuelta con la que el enano mostraba su principal argumento para enamorarlas.”-

-¡Este es sólo el comienzo!- gritaba Luperco para que su voz se oyera por encima del estruendo del bombo, para dejar de tocar un instante y agregar luego con voz cadenciosa y firme, llena de matices: - ¡La felicidad o desgracia, comenzará en el preciso instante en el que me acueste con cualquiera de ustedes y puedan disfrutar a lo largo y ancho al causante de tanto asombro!”-

El general revivía los hechos como si hubieran sucedido el día anterior: “El frío recibimiento y el suceso de la lluvia de piedras no disminuyeron mi capacidad de imponer en los habitantes de Yungay una disciplina tan necesaria. Al poco tiempo habían comprendido que cuando llega el general a lomos de su burra, hay que meter barullo y del bueno, para evitar palo y cepo; métodos infalibles para despertar el entendimiento a más de un dormido. A palos con más de uno debimos andar en aquellos tiempos, para lavar la ofensa que significó las pedradas y los insultos a un integrante de mi comitiva. Si no alcanzaron a pegarle en forma contundente, fue por la rápida intervención de mi sargento –“El Veintiocho”- quién cambió para un costado de la boca su pegajoso pucho y requintando el quepis, desenvainó el sable y comenzó a repartir mandoble a diestra y siniestra; de un modo tan impresionante que le metió el miedo en el cuerpo a todos los que presenciaban el desfile, hubieran intervenido en la pedrea o estuvieran allí como simples mirones: “para  que estos mal nacidos sepan, cuantito me vean, que a mí naides me ningunea”.

 -Lo apodábamos –el Veintiocho- porque el catorce en el juego del bicho-bicho significa -el borracho-, pero como éste chupa por dos, se le quedó.-

Otro de los integrantes del ejército al mando del general Procopio Coronel, era el capitán Nepomuceno Iriondo. Delgado, inmaculado en el vestir, delicado en el hablar y en el folgar; desentonaba con el resto de sus compañeros. Descendiente de una familia de rancia aristocracia, con muchos antepasados que habían hecho un apostolado de su vida en las milicias, en épocas de arcabuces de cargar por la boca y de estruendosos trabucos naranjeros.

Criticaba a menudo la conducta de Luperco, tal vez por celos o por no ser capaz de sobrellevar éxitos tan rotundos, aunque sólo fueran en el terreno de las diversiones. Era aceptado como una verdad categórica  que la habilidad de Luperco en el juego de cartas, en peleas de gallos y lides amorosas, eran inigualables. Parecía hechizo de mandinga que el enano tuviera una linda mujer a su lado siempre que se lo propusiera y en las riñas sus ejemplares fueran siempre los mejores. Por los cruzamientos que realizaba, por la buena alimentación y las muchas horas que entrenaba a sus gallos.

Tal vez por su timidez manifiesta, por la envidia que el enano suscitaba en él o porque lo había dejado afeitado y sin visita la mismísima Lupe, por andar tras el pícaro, el capitán se la tenía jurada desde hacía mucho tiempo. Lupe era una mujer aguerrida y desenvuelta. Se desentendía de los requerimientos amorosos del Capitán y corría tras el enano, en un vano intento de que éste se rindiera a sus encantos. –“Sus hazañas”-decía- “son pura habladurías de gente bobalicona y mujeres calentonas, ansiosas de agrandar una fama inmerecida”.

El Canijo era consciente que la tropa comentaba y se burlaba de él por esta situación, pues Luperco había conseguido los favores de la hembra, dejándolo amoscado y con ansias de revancha, y lo que más le dolía y no podía soportarlo sin que se le viniera la prosapia a la cabeza era verla arrastrarse en busca del maldito.

Todos se daban cuenta de lo injusto de la situación. Uno, totalmente enamorado y seguramente dispuesto a llevarla al altar, y el otro, quien no daba la menor importancia a esa relación, que mantenía por puro entretenimiento, era el dueño absoluto de su voluntad. Pero quien más quien menos, todos disfrutaban de la situación, por aquello de estar de parte del que había nacido en la cuna más humilde.

Al fin de cuentas no era tan malo bajarle los humos al ilustrado, pues con la tropa y la población, su comportamiento era tan refinado y fuera de lugar que en lugar de ganarse el afecto y la confianza de los más, la mayoría le tenían un poco de rabia.

Por todos estos sucesos que les he relatado y otros similares que serían muy extensos y no agregarían mucho al entendimiento cabal de la situación, no extrañó a nadie la reacción del Canijo después de aquella terrible riña de gallos que hasta el día de hoy se comenta como uno de los acontecimientos más destacados en las galleras de Yungay.

El giro de Luperco, después de una lucha terrible y agotadora, le clavó la púa de acero en la cabeza al gallo del Capitán, traído desde el Caribe por un gitano, quien se lo había cambiado al militar por un bote muy marinero, equipado con numerosas artes de pesca.

Únicamente quienes estuvieron allí y sabíamos cómo el militar había alimentado su odio por el enano, pudimos comprender lo sucedido. Si  no hubo que lamentar una desgracia fue exclusivamente por la rápida intervención del mismísimo general Procopio Coronel y por mediación de quien sabe que ángeles del cielo.

El alboroto que armaron todos los concurrentes a la gallera por el triunfo del Mangosta, el invicto gallo de Luperco, fue tremendo. La mayoría había efectuado fuertes apuestas, no precisamente, al negro del Capitán. Era impresionante observarlo, vencido y muerto, justo en el medio del reñidero. La cabeza de un intenso color rojo, igual al sol que se esconde en el firmamento en esos oscuros días de tormenta. Y el Mangosta, acalambrado por la brutal y extensa lucha, paradito a su lado a pesar de su evidente cansancio.

Se produjo entonces, la desmedida reacción de Luperco, provocada por el alcohol ingerido, incrementada tal vez, por el bullicio y la gritería infernal de sus partidarios.

En una postura insolente y cruel, dijo con voz sonora, cargada de ironía: -“¡Con su permiso mi general, fíjese nomás el negrito, tan predispuesto a la lucha. Se ha quedado canijo y tiradito por el suelo. Como el mesmito dueño, que siempre anda arrastradito en busca de la Lupita, haciéndose el bobo, como si no se diera cuenta que hembras de ese calibre, garridas, fuertes y bonitas, no son para pollos que aún no han endurecido la púa”. -

Por única respuesta el Capitán Iriondo desenfundó la pistola automática de reglamento que portan los oficiales del ejército, accionó el gatillo, pero el arma se trabó al primer y único disparo. De otro modo hubiéramos velado al atrevido, y sin duda, a alguno de nosotros, aunque quienes quedaran con vida nos arrepintiéramos, porque siempre andamos festejando sus ocurrencias y dándole ala.

Sin duda, la pistola se trabó por intervención divina que protege a los pecadores, pues quienes no tienen pecado, con su conducta siempre velan por protegerse a sí mismos.  

Allí nomás, el propio general en jefe del ejército, un elefante por su tamaño y fuerza descomunal, lo manoteó por el cuello. Con la otra mano lo agarró por los fundillos y sin más, de un solo envión lo dejó despatarrado y medio muerto en el centro de la calle. Inmediatamente le ordenó con su tremendo vozarrón: -“¡Guarde arresto a rigor, mi capitán Canijo, carajo!”-

El capitán, completamente diferente al que minutos antes había causado tan tremendo revuelo, era apenas un bultito en el suelo, igualito a su gallo, ya muertico en su ley. Se levantó todo estropeado y después de sacudirse el polvo del uniforme, tratando de quedar lo más prolijo y pintiparado posible, le contestó: -“¡Qué... si señor, como no... mi general!. Voy a guardar arresto a rigor como usted lo ordena. Con su permiso señor!”-  y procedió prestamente a retirarse, no sin antes hacer sonar los tacos de sus botas.

Así es la disciplina. Solito se fue a guardar arresto, después de agradecerle a la Virgencita del Pilar, pues le negaba los favores de la Lupita, pero lo había librado del suicidio.

Quien puede tener dudas de la intervención de la Virgen para que la pistola se trabara. Si no hubiera sucedido de este modo, el suicidio era el único camino que le quedaba, pues su familia no iba a entender que el niño mimado de los Iriondo, andaba en riñas de gallos y en correrías de putas. A los tiros, no para defender la Patria, sino en la vana pretensión de ultimar a un enano cuyos antepasados habrían sido, sin duda alguna, atracción de ferias pueblerinas o circos de mala muerte.

Alguno de la reunión, a quien no pude identificar, tal vez para quitarle importancia a lo dicho por Luperco y por ende al terrible suceso -dijo- “que era muy factible que aquel raquítico con escudo de armas de tradiciones muy antiguas, cuando la iba a poner se la limpiaba con mucha prolijidad, y se la lavaba durante horas después que la sacaba. Chiquitica debía de ser y arrugadita como pasita de uva. Tal vez por eso no conseguía los favores de la Lupita pues las mujeres, en ese sentido, son muy intuitivas.

Quien se atrevería a compararla con la del enano: “tocadora de bombos, desfloradora de vírgenes, consuelo de viudas. Asombro de dioses del Olimpo, quienes despertaban de sus profundos sueños, para ver un solo instante, la octava maravilla del mundo”.

 

 

Cuando el general, de paso por Yungay, llegó de visita a mi casa, no me saludó con una inclinación de cabeza ni tocó levemente el quepis con su mano derecha. Era una señal inequívoca de que andaba atragantado con mi persona.

 Él no sabía que yo había cumplido el servicio militar y por eso entendía muchas de las reacciones de los hombres de armas.

A pesar de su cara de enojo le dije: -“¡muy buenos días señor!”-

-“¡Sin duda usted es el escritor!”- contestó en tono poco amigable. – Me dice muy suelto de cuerpo “¡Muy buenos días señor!”, y cuando escribe, pone palabras en mi boca que no concuerdan con mi rango ni con la personalidad que debe tener el futuro Presidente de la República.-

-¡De la República, no. De ningún modo!- le contesté. –Será el mandamás del superior gobierno, pues si accede a la primera magistratura por el poder de las armas, jamás será republicano.-

-No accederé a la Presidencia por el poder de las armas, sino por el poder y la fuerza de la razón. –me contestó- Mi rumbo está trazado. Permanecer ajeno a la deplorable situación del país no es actitud de un buen patriota. -aseveró- El manifiesto de Charcas explica claramente los motivos de nuestra conducta. Ningún militar de honor permitirá que en nuestro suelo, reinen el despotismo y la anarquía. –luego en tono más suave, dijo- Creo merecer otro tratamiento de su parte, acorde a mi investidura. No como usted me describe: ¡un lamentable modelo de soldado!.

Lo describo como creo debo hacerlo. –contesté en forma tajante- ¡Por algo soy el escritor!.

Suavizó aún más el tono de voz: -Usted supone que escribir es inventar lo que se le venga en ganas, sin respetar nuestros sentimientos, ni siquiera nuestras pequeñas vanidades. ¿Porqué desdeña nuestras opiniones, tan válidas como la suya?.-

Por un detalle consideré que, en parte, podía corresponderle razón. Al verlo de cerca me di cuenta, que era más grande y fuerte de lo que imaginaba. Por tal comprobación no sería descabellado pensar que me hubiera equivocado en algo más, pero como no estaba dispuesto a corresponder sus razonamientos, retomé la charla desde el inicio: -el origen de los buenos días no está referido al día en sí mismo, sino al deseo de que la otra persona tenga un buen día. Puede suceder que el día esté nublado y tormentoso como el de hoy, por eso en épocas remotas el término usual era: “¡muy buen día tenga usted!”. Por su tenaz oposición a la personalidad que le había dado, le repetí: -“¡muy buen día tenga usted... señooor!”- Le dí un matiz irónico, muy marcado a la última palabra, que salió arrastradita y en tono de: -“¡me cago en la leche, en su tamaño y en todos sus galones!”.-

El general era más inteligente de lo que suponía. Adivinó mi pensamiento, pues me dijo en forma directa y cortante. –“Usted no va a ser la excepción que confirme la regla. La mayoría de los civiles piensa que los militares carecemos de dotes intelectuales y nuestra cabeza sólo sirve para llevar el quepis. -en lo que no andaba muy errado pues yo tenía ese concepto- Sin embargo, hay que salvar las distancias.-me dijo- Usted puede escribir desde su particular enfoque, aunque alejado de la realidad, pero no olvide que quien escribe mucho tiene mayores posibilidades de errar”, eso sin tomar en cuenta que: “ustedes los escritores la mayor parte del tiempo andan volados de pensamientos y con purita imaginería en la cabeza.”-luego aclaró- “Si hablo de manera campechana, no es porque a usted se le ocurra escribir que lo hago de ese modo, sino, porque se nos pega en los campamentos, cuando el hambre y los mosquitos no nos dejan dormir y entramos a carajear de lo lindo. Ahí se terminan las jerarquías, cuando a nuestro lado el subalterno sufre más, porque encima de las inclemencias del tiempo y el rigor del servicio, tiene que aguantar, valga la expresión que no es muy ortodoxa en el lenguaje castrense, a todos los superiores que le dan órdenes. El hecho de hablar claro y en su mismo idioma, a la tropa, es fundamental para ser respetado por encima de rangos y de la natural obediencia del soldado.”-

Le repliqué descomedidamente para sacarlo de sus casillas:-“Usted, que pretende asumir el mando de la nación por la fuerza de las armas, no ignora que los grupos armados revolucionarios que actúan en el país,  en plena lucha, le llevan una ventaja apreciable al soldado regular, aún en el caso de que estén en peores condiciones, ya sea de armamentos, alimentación o medicinas, pues su sostén son sus ideales. De no ser así, toda  revolución armada estaría, de antemano, condenada al fracaso.”

-“¡Está completamente equivocado!”. –me contestó- Los guerrilleros son grupos revoltosos sin consistencia alguna. Nosotros somos, en esas circunstancias, quienes nos sostenemos en nuestros ideales, por el orgullo que sentimos al cumplir nuestro deber de defender la Patria.”-

-“¡Déjese de hablar sandeces!” -le dije groseramente- Porque comenzaré a escribir de inmediato y lo hago trizas. Lo nombro Presidente y después laméntese dondequiera. Nadie le va a resolver nada, pues por encima suyo: ¡A quien le dice!.  También puedo, en un momento de rabia, o por puro gusto, hacer que sus propios compañeros de armas le soliciten su retiro por mejor servicio, y hasta en un caso extremo, acercarlo a la muerte con cualquier estratagema que se me ocurra. Lo puedo borrar de un plumazo en cualquier momento. ¡Me entendió.!” –dije-, con un tono áspero y fuera de lugar.

Estas apreciaciones tan sorpresivas lo desacomodaron y retomó el tono duro y hostil del comienzo de nuestra charla.  Dijo secamente: ¡A usted se le nota a la legua su condición de ratón de biblioteca, creído y apretadito, un simple pinche de escritorio!. –luego, en tono más calmado, impuesto de su papel de general en jefe del ejército, que no debe discutir con civiles este tipo de situaciones, dijo con voz fuerte que no admitía réplica: -¡Invente lo que le venga en ganas, eso lo puede hacer, pero hay algo que usted no puede y yo sí... afusilarlo!.-

Y como afusilar, aunque esté mal expresado, es palabra clave en el idioma del general Procopio y de todos los generales que en el mundo han sido, inmediatamente entre el Veintiocho y el Mandinga, un soldado de la peor ralea, me tomaron por los brazos sin más contemplaciones y de inmediato se formó el pelotón de fusilamiento, y a la voz de preparar armas, rechinaron los cerrojos de las enmohecidas carabinas.

Ese fue el alerta para que Salustiano Matute, un joven teniente de una rapidez mental increíble, desconcertara a todos con su actitud. Se acercó y sacó del bolsillo de mi camisa, la libreta de anotaciones y el lápiz. Se dirigió a su superior en forma cortés pero firme y le expuso una razón que no admitía discusión alguna: “¡Perdone, mi general, si usted repite la orden, a éste, lo fusilamos en menos que canta un gallo, pero con él morimos todos!”

El general tardó un instante en darse cuenta que conmigo tenía que transar, aunque le doliera, pues en ello le iba su propia vida. Destrabó la situación con prontitud, ordenando que me soltaran y luego se dirigió a mí, ya en un tono más suave y componedor: -Espero saque sus propias conclusiones de esta lamentable situación. Nos salvamos de la muerte, por la inteligencia de un oficial de carrera, porque si en estos asuntos decidiera alguno de la tropa, que no está preparado para pensar y resolver rápidamente un asunto tan delicado: ¡hacía rato que nos estábamos enfriando!.-  Y ya rendido ante lo sucedido, sin gesto de sumisión o ruego, más bien de cansancio, me pidió: -¡Espero que de aquí en más, sea más equitativo con todos nosotros!.-

 

El teniente no me devolvió mis implementos de escribir y decidió guardarlos en su poder como recordatorio de la odisea vivida.

Años después, ya con el grado de Mayor del arma de infantería, acampados a la orilla del río Ñamangacué, le relataba lo sucedido a un joven alférez: “¡con esta libreta y este lápiz, un solo individuo pudo aniquilar a nuestro ejército!. Ese fue un día de tristeza para los hombres de armas, porque aunque a usted le suene a cuento o le parezca increíble... ¡fue el día que rechinaron los cerrojos!”.

 

 

Héctor Mario Ifrán