El loco Repique.

 

El día que cumplió diecisiete años fue decisivo en la vida de Rosalío. Con su cara de niño, tocó el cielo de la gloria y se sumergió en el increíble mundo de la locura.

Don Amaranto Rodríguez lo recogió de la calle y lo trajo a su casa, en las cercanías del hipódromo de Pilcomayo, cuando tenía cinco años de edad, y lo puso al cuidado de su ama de llaves.

Indagó en un lado y otro y llegó a la conclusión que el niño era hijo natural de una señora, no muy cuerda, que retornó a las cercanías del hipódromo muchos años después.

 Rosalío era tan menudito que llamaba la atención por su pequeñez.

El patrón de un bar ubicado enfrente al portón de entrada al mismo, dio los datos necesarios para su identificación: -“Ese niño va a cumplir seis años en la festividad de la Virgen del Santuario de la Villa del Repique. Es sietemesino y con complicaciones de salud desde su nacimiento. Su madre siempre andaba con él a cuestas. En una ocasión dijo que estaba inscripto en el Registro del hipódromo con el nombre de Rosalío Barrera Martínez”.

-Será en el Registro Civil -acotó un parroquiano- ¡pues el niño no es un caballo!-

-¡En el Registro del hipódromo!- contestó la mujer, en tono agresivo. Tomó al niño en brazos y se marchó evidentemente disgustada. Pasaron algunos años y no los volvieron a ver por estas inmediaciones.

Después se supo que la señora se marchó a la vecina Provincia de Santo Tomé para trabajar en la recolección de la uva. Allí se amancebó con uno de los trabajadores zafrales quien detestaba al niño. Por eso ella andaba en procura de entregarlo a la custodia de alguna Institución del Estado encargada del cuidado de menores. Tenía un apuro muy grande por desprenderse de su hijo, seguramente para retornar a la Provincia. Como los trámites estatales son muy engorrosos y ninguna persona se hizo cargo del muchacho, lo debe haber dejado a la buena de Dios, en el lugar donde lo encontraron llorando.

Don Amaranto Rodríguez, entrenador de renombre de caballos de carrera, admira la destreza de Rosalío en su manejo.

Le ha cobrado mucho afecto porque el adolescente es callado y respetuoso.

Desde un tiempo a esta parte varea muchos de los caballos a su cargo. Realiza esta tarea con particular esmero y toma en cuenta todas y cada una de sus indicaciones.

Como se desempeñó sin tropiezos durante tres años como peón vareador, le concedieron licencia para actuar en el hipódromo, como piloto aprendiz.

Debutó a los dieciséis años de edad, en una carrera desde la curva del ferrocarril, en la distancia de mil cien metros. Perdió la competencia por medio cuerpo, con un caballo que por su trayectoria no tenía chance alguna de alzarse con el triunfo.

El único comentario del muchacho fue que no ganó la carrera por un error cometido al comienzo mismo de la carrera. –Estuve desatento en la largada. Cuando abrieron los partidores perdí el tiempo justo para llegar triunfador a la meta.

Todos coincidieron que su pilotaje fue excelente.

Al cuidador le llamó la atención el reconocimiento del joven de un hecho que había pasado desapercibido para todos.

Llegó a la conclusión de que además de sus virtudes naturales en la monta de animales pura sangre, está dotado de una condición imprescindible para ser un piloto de renombre: ¡no admite el más mínimo error!

En el correr del año le dio oportunidad siempre en la conducción de caballos de segunda categoría, en carreras donde no le pesara la responsabilidad por el triunfo.

Rosalío se destacó de inmediato. Triunfó en algunas carreras muy difíciles en las que demostró mucha serenidad en la definición, propia de los verdaderos maestros.

Los concurrentes habituales al hipódromo empezaron a reconocerlo por su  sobrenombre. ¡Repique!

A Rosalío le agrada ir los domingos, previos a las reuniones donde monta algún caballo, al Santuario de la Virgen de la Villa de Repique, distante unos seis quilómetros del hipódromo. Realiza el trayecto a pie a horas muy tempranas. –Para distender los nervios, los músculos, y para que el aire fresco de la mañana me despeje totalmente la cabeza. De este modo hago rendir a máximo a mis piloteados, de acuerdo a sus características mas salientes. –dice a modo de justificación.

El día que cumplía diecisiete años, don Amaranto lo autorizó a concurrir a la procesión de la Virgen en horas de la tarde, pues en esa oportunidad no montará a ninguno de sus pupilos.

Ese domingo el hipódromo de Pilcomayo se vestirá de fiesta, pues se disputa una carrera en la distancia de ochocientos metros, en el tiro derecho del hipódromo, donde intervendrán los caballos más veloces del continente: Prodigioso-Argentina, Plutarco-Perú, Ouro Preto-Brasil, Retorno-Chile, Herken-Uruguay, y la yegua Tanguapa, de Amerindia, cuyo cuidador es precisamente don Amaranto.

Repique la ha vareado desde potranca y le ha dicho al entrenador que la yegua tiene chance de ganar la carrera si el piloto que la monte logra tranquilizarla en los partidores, pues se pone muy nerviosa en la largada.

La reunión establece un récord histórico, en concurrencia de aficionados y en la cifra de las apuestas.

A último momento, cuando Rosalío está por salir rumbo al Santuario, el maestro Arturo Piñeiro, el mejor jockey uruguayo del momento, le avisa a don Amaranto que una indisposición estomacal le impedirá estar presente en el evento en las cruces de Tanguapa.

Al entrenador se le vino el alma a los pies.

Su mayor anhelo es triunfar en esa carrera internacional donde su dirigida no contará con la preferencia de la cátedra. Los amplios favoritos para lograr el triunfo son Prodigioso y Retorno.

Como debe decidir rápidamente le pide a Rosalío que no se retire pues le dará la conducción de la yegua.

-¡Perdóneme! –le dice Repique- ¡Usted no debe actuar así!

-Ignoro los motivos que tienes para decir eso. –le contesta don Amaranto.

-En una carrera de tan poca distancia, es de sentido común darte la responsabilidad de la monta por dos razones, el hecho de tu conocimiento de la yegua y el descargo en el peso. Tanguapa correrá con cuatro quilos menos de los pactado.

Rosalío estuvo a punto de pedirle que lo libere de esa responsabilidad, no por ella en sí misma, sino por el hecho de faltar por vez primera a la procesión de la Virgen. Pesó en su ánimo el cariño que don Amaranto siempre le dispensó y la oportunidad tan deseada de correr un clásico, en especial éste, que por sus características será el comentario de los entendidos, aún, mucho tiempo después.

Las apuestas superaron los cálculos más optimistas. Tanguapa contó con la aprobación de muy pocos apostadores, más aún, al conocerse la noticia del cambio de monta. En el paseo preliminar llamó la atención el tamaño del tordillo argentino y la prestancia al caminar del oscuro chileno. Tanguapa es una yegua zaina cabos negros de conformación mediana. Camina en forma desgarbada y se balancea a ambos lados como si padeciera el mal de San Vito, postura que no la favorece pues no tiene esa gracia tan particular de las yeguas pura sangre de tamaño mediano, en especial las de ese pelaje tan hermoso, que dan la impresión de apenas pisar el suelo cuando caminan.

Repique luce la casaquilla de la caballeriza de don Amaranto, blanca con herraduras negras y al centro de la blusa de seda, una franja horizontal roja entre pecho y espalda.

En el paseo preliminar va ensimismado a lomos de la yegua. Le habla y le asesta golpes cortos y suaves con la fusta, como una caricia, en la tabla del pescuezo, para lograr concentrar su atención. Le dice, con voz suave, casi en un susurro: -Es importante que sean pocas las apuestas a nuestro favor. De este modo no tenemos tanta responsabilidad de triunfar. Estos caballos viajaron muchísimas horas para estar presentes en la competencia. Seguramente ha extrañado el clima, la cama, la alimentación. Eso nos favorece. La pista está liviana y corre un poco de viento a favor en la recta. Llevamos ventaja en el peso. Conocemos a quien se encargará de los partidores y sabemos por su mirada y su postura, casi sin margen de error, cuando abrirá los partidores automáticos. Tenemos todo a nuestro favor para ganar y nada que perder. Ya verás que triunfaremos sin apremio alguno desde la largada al disco. El único detalle será la copa que ganaremos. ¡Es tan grande y pesada que voy a necesitar ayuda para levantarla en señal de triunfo!

Llegaron al tranco al fondo de la recta del hipódromo. La yegua avanza orejeando mientras escucha la serena voz de Repique. Al dar vuelta y antes de su ingreso a su cajón correspondiente, el aprendiz le habla con voz resuelta y firme: -Si eres tan guapa como tu nombre lo insinúa, no es ésta, la carrera que perderemos! ...¡Vamos! -ordena imperativamente- cuando la puerta del partidor se abre para cederle el paso.

Repique se enteró que ganó ampliamente la carrera, por tres cuerpos y medio de ventaja, en el guarismo récord de cuarenta y tres segundos cuatro quintos, en la distancia de ochocientos metros, cuando escuchó la noticia por los altoparlantes, ya de retorno rumbo al pesaje y escuchó la cerrada ovación de los concurrentes, por espacio de varios minutos.

Después lo pasearon en andas por todo el hipódromo.

Don Amaranto no salía de su asombro. Por la conducción magistral de Rosalío y porque la yegua corrió con tanta rapidez que dio la impresión de no haber pisado la arena de la pista.

 

 

Cuando el joven iba rumbo a los baños para quitarse el equipo de montar y tomar una ducha reparadora, se le apersonó una señora que le dijo: ¡soy tu madre!

Rosalío se la quedó mirando un instante. Luego, sin articular palabra, reinició la marcha. La mujer emprendió una corta carrera, se paró delante suyo y volvió a repetirle, ahora, en tono airado: -¡No me has oído! ¡Te he dicho que soy tu madre!

El muchacho conocía la anécdota del parroquiano del bar que la corrigió cuando ella dijo que el nacimiento del niño estaba registrado en el hipódromo. La miró fijamente y le respondió: -El día que nací registraron en los Libros del hipódromo, un caballo de nombre: Abandonado; hijo de Desconocido y Flor de Yegua. ¡Ahora haga el favor de retirarse y no me moleste más!

La mujer se sorprendió tanto y se puso tan nerviosa que le tomo la chaquetilla de seda con ambas manos, la que se rasgó, cuando Repique pegó un fuerte tirón hacia atrás. Inmediatamente el muchacho alzó la fusta y la descargó con rabia en el rostro de su madre. Cuando la levantó nuevamente para golpearla otra vez, le pareció que estaba por castigar la imagen de la Virgen del Santuario de la Villa del Repique.

¡Después se sumergió en la noche!

El último acto lúcido que tuvo fue el de entrecerrar los ojos porque lo hería el resplandor del sol entre los enormes árboles que dan sombra a las caballerizas... ¡un breve instante, antes de levantar el brazo por segunda vez!     

 

 

 

Héctor Mario Ifrán